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Foro Guerra Civil Española (Foro GCE)

Autobiografía (incompleta) de Eloy Terrón Abad

Un hijo de Fabero-León: Minero, guerrillero, filósofo y antropólogo

 

Eloy Terrón Abad

(Fabero, 1919 - 2002)

Eloy Terrón Abad, en 1940

La impresionante autobiografía del profesor Eloy Terrón nos ilustra con detalle cómo era el estilo de vida de la sociedad agraria leonesa en los años previos, durante la Guerra Civil española, así como la posguerra. Sus antiguos compañeros de trabajo en las minas recordaban cómo Eloy siempre iba o venía de su jornada laboral leyendo libros de texto.

" Nací en Fabero a finales de 1919, en una familia campesina pobre, como todas las del pueblo; fuí educado como los demás muchachos en la realización de las labores agrícolas, bajo la vigilancia constante y la dirección de los adultos: mis padres y mi abuelo.

Mi conciencia empezó a formarse con la experiencia ganada en el trabajo, en las orientaciones y, sobre todo, en las reprensiones de los mayores.

Dada la forma de poblamiento y el sistema de producción agrícola, las relaciones de los muchachos con adultos de otras familias eran muy escasas, por lo que apenas se producían interacciones de influencias extrañas. Ni siquiera el cura interfería seriamente en la formación de los muchachos, pues no disponía ni de medios, ni de tiempo para adoctrinarlos en la ideología católica nacional.

La conciencia de los jóvenes campesinos era pobre, pero coherente y muy integrada; era suficiente y adecuada para guiar su comportamiento y el de los adultos, en un medio tan sencillo y tan poco expuesto al cambio.

 

CONCIENCIA DE CLASE

La llegada a Fabero de varios centenares de mineros procedentes de La Unión (Murcia), de Bélgica, de Francia, de Asturias, puso a prueba nuestra formación y nuestra ingenuidad y nos fascinaron las ideas anarquistas y socialistas, reforzadas por el hecho de que la gran mayoría de los jóvenes adolescentes, campesinos, empezamos a trabajar en las minas; no se podía desperdiciar el ganar un jornal. A los trece años y medio empecé a trabajar en Minas del Bierzo, y a los 14 y 15 asistía a las reuniones sindicales clandestinas, en 1.934 y 1.935. Me sentía plenamente adherido a la nueva clase social naciente: la clase obrera.

Esta clase obrera comenzaba a tomar conciencia de sí y de su fuerza, y puede decirse que nunca estuvo tan dispuesta a hacer una revolución. Yo me sentía tan vinculado a ella, que entre los 14 y los 16 años no leía otra cosa que las publicaciones del movimiento libertario. Estaba totalmente dispuesto a colaborar con el sindicato y con las organizaciones obreras, pero no tenía conciencia de lo que esto significaba.

Mi conciencia ingenua y sencilla de campesino, ajena por completo a la lucha ideológica, (el rasgo más característico de ella era la ausencia de una ideología), a la vez que me vinculó a los trabajadores de Fabero, creó en mí un rechazo radical contra la revolución violenta; siento decirlo, pero siempre tuve horror a la violencia y a derramar la sangre de mis semejantes

Pero a pesar mío, pronto me vi envuelto en una lucha criminal e injusta: la guerra civil, la guerra contra los trabajadores.

LA GUERRA CIVIL


En agosto de 1.936 tuve que abandonar mi casa al amanecer y salir corriendo si quería salvar mi vida. Huí yo sólo, tenía algo más de 16 años. La etapa más ingenua y feliz de mi vida había terminado.

Tras casi un par de meses refugiado en las montañas y pueblos de Ancares y Fornela, fuí con otros muchos compañeros a la zona republicana de Asturias, y a pesar de mi horror a la violencia y a matar, me alisté en el Ejército Popular, que sin tener la edad necesaria, me acogió. Tras dos meses en una unidad de combate, fuí designado enlace para llevar órdenes.

Fue un puesto de gran responsabilidad para mí, pues como circulaba continuamente entre el puesto de mando y las unidades de combate inmovilizadas en el frente, me asediaban los oficiales y los soldados que querían saber noticias sobre la marcha de la guerra. Esto era lógico, la prensa llegaba con dificultad y no había radios, solamente en el puesto de mando había un aparato.

Yo, un muchacho de 17 años, con una formación escolar muy deficiente, me sentía obligado a hacerme una composición de lugar sobre la marcha de la guerra. Tuve que aprender atropelladamente geografía y política para contestar a las preguntas que me hacían.

Además, yo no quería que mis compañeros se desmoralizaran, para lo cual deformaba un poco las noticias; me daban pena muchos soldados, campesinos leoneses y gallegos que no podían volver a sus casas porque los asesinarían, pues muchos de ellos eran desertores de las filas franquistas y todos eran voluntarios. Tuve que hacer un esfuerzo tremendo, leer la prensa, escuchar la radio, seguir los avances y retrocesos de nuestro Ejército sobre mapas malísimos y, además, leer obras políticas para formarme.

Estuve en el frente del Este, Llanes, la sierra de Cuera (Cabrales), el Mazuco, Cangas de Onís, la cota 408. Retrocedíamos continuamente, no teníamos aviación, ni artillería. Nuestra unidad perdió en los combates más de la mitad de los efectivos; tuvieron que retirarnos del frente. Nos enviaron a cubrir un amplio frente en el cerco de Oviedo, por la parte del monte Naranco, donde nos sorprendió el hundimiento del frente asturiano. Creo que fue una noche de los alrededores del 20 de octubre (1937). Desperté en el puesto de mando y me dí cuenta que todos habían huido. Quedé completamente anonadado.

GUERRILLERO REPUBLICANO

Me dí cuenta que tenía que huir otra vez, buscar refugio en las montañas. Me sentí tan cansado y tan abrumado que cogí mi "naranjero" (un subfusil de fabricación canadiense), y me dispuse a acabar de una vez; en ese momento llegó mi hermano César con varios compañeros que bajaban de los parapetos altos; venían a buscarme porque habían decidido buscar refugio en las montañas de la cordillera Cantábrica.

Sin ningún entusiasmo me uní a ellos; salimos y a punta de metralleta arrebatamos dos o tres coches para llegar a la montaña antes de que las tropas franquistas nos cortaran el paso. No sé por donde fuimos; recuerdo vagamente haber pasado por Mieres. En la montaña recuerdo que entramos en una casa llena de madreñas.

Empezaba mi vida de "máquis", de huido, de guerrillero. Me aterrorizaba tener que usar mi "naranjero". Por la cordillera Cantábrica nos dirigíamos hacia el Bierzo.

Éramos un grupo de ocho o diez, sólo recuerdo los nombres de algunos, como Ramiro Pérez, José Dablanca, uno de Villafranca, rubio, que sabía conducir, uno que llamaban el "Cone", de una familia que vivía en Lillo; mi hermano César que era el jefe nato del grupo, otros varios que no recuerdo sus nombres, y yo, que había sufrido una bronquitis mal curada y no paraba de toser.

Esto hacía que mi presencia se hiciese incómoda para el grupo, de manera que pronto comprendí que querían deshacerse de mí.

Acordaron que el llamado "El Cone", que tenía familia en la zona minera de Teverga, intentara ser recibido por ella y presentarse al ejército franquista. Decidieron que me fuera con él y siguiera la misma suerte, porque yo no podía seguir con el grupo por el peligro que representaba el ruido de mi tos. Regalé mi "naranjero" que, por cierto, sólo disparé una vez tirando al blanco, pues la munición era muy escasa.

Acompañé al "Cone" a Teverga; estuvimos dos días ocultos en una cueva natural hasta que los familiares del pueblo nos comunicaron que ya podíamos presentarnos a la autoridad, "militar, por supuesto". Pasé unos días con aquella familia hasta que me dieron un salvoconducto para regresar a Fabero.

Sin ninguna dificultad emprendí el viaje desde Oviedo a León. Mientras esperaba en la estación de León al tren que me debía llevar a Ponferrada, encontré a mi primo Tomás Terrón, quien me dijo que no fuera a Fabero porque corría serio peligro, que fuera a casa de su madre en el mismo León.

Aunque tenía miedo a encontrarme con gente de Fabero que me denunciara y me detuvieran, viví en casa de mi tía en León con relativa tranquilidad; fue para mí una ocasión espléndida poder aprender a vivir en una ciudad.

Como mi primo, de edad cercana a la mía, estudiaba 5† curso de Bachillerato, me dediqué a estudiar con él literatura, geografía e historia, francés y otras asignaturas. Pronto me dí cuenta que no me era nada difícil entender y asimilar aquellas materias.

RECLUTA EN EL BANDO FRANQUISTA

Cuando en la primavera de 1938 ordenaron las autoridades franquistas la movilización del reemplazo de 1.940, algunas personas con las que estaba en contacto me aconsejaron que el Secretario del Ayuntamiento de Fabero me incluyera en la lista de reclutas.

En los días inmediatos fuí enviado a Lugo, al Regimiento n† 31 con base en Lugo. Recibí la instrucción militar a tortazos; sentía tanta aversión por la institución que no fuí capaz de aprender a llevar el paso; tal era mi rechazo a los "deberes militares", agravada por el comportamiento del ejército franquista. A comienzos del verano fuimos enviados al frente de Teruel.

Como el Secretario del Ayuntamiento de Fabero, para justificar mi inclusión en su lista de reclutas, me calificó de estudiante, a nuestra llegada al frente fui seleccionado para la plana mayor, por lo que, durante mi permanencia en el regimiento 31, estuve alejado del frente de combate.

En el verano de 1.939, finalizada la guerra (la nuestra) y cuando amenazaba el estallido de la Segunda Guerra Mundial, conseguí el traslado del regimiento de Lugo al Ejército del Aire, de reciente creación, y a la base aérea de León.

Buscaba acercarme a esta ciudad donde estaba semi-desterrada mi familia; mi abuelo, mi madre y mis tres hermanos.

La guerra civil había terminado, pero un pesado clima de terror inundaba el país, que se hacía más denso a medida que la guerra exterior ensanchaba su círculo de destrucción y de muerte.

En el aeródromo de León encontré unas condiciones que, sin dejar de ser para mí hostiles, eran aceptables. Pronto me destinaron al Observatorio de Meteorología que en muy pocas semanas fuí capaz de gestionar yo sólo. Este hecho me demuestra ahora lo mucho que había avanzado en mi "madurez" intelectual. Esto me impulsa a realizar una evaluación de lo que representó la guerra en mi formación y dentro de su carácter negativo, cómo, a pesar de eso, me obligó a dar pasos adelante.

Por de pronto, la represión, el temor, la incertidumbre, me forzó a tratar de prever qué me podía pasar, qué peligros amenazaban mi vida para intentar sortearlos. Este esfuerzo fue especialmente grave en los últimos meses en el frente de Asturias, cuando era inminente el derrumbe; especialmente angustiosos fueron los días que pasé en Teverga, tratando de imaginar que me esperaba en la zona franquista.

Es un hecho que en realidad yo nunca tuve conocimiento de qué se me acusaba en Fabero y cuál era la gravedad de las amenazas que pendían sobre mi vida.

Sólo supe lo que el cura d. Maximiliano dijo a mi madre: "Eloy que no venga"; esto es, que no regresara a Fabero después de la huida de agosto de 1.936. El asesinato por pura venganza del hermano menor del médico D. Alfredo de Vega; la muerte de este joven de mi edad, en venganza por no encontrar a sus hermanos mayores, constituía una prueba de sus convicciones criminales y de su sumisión a un poder que sólo podía imponerse por el terror.

Yo buscaba justificar mi miedo con los numerosos asesinatos cometidos en pueblos y ciudades españolas, dominadas por el ejército sublevado, por los requetés o por los falangistas. Se ha dicho y se dice que estos asesinatos han sido el resultado de odios y enemistades personales; justificar así estos crímenes es acusar al pueblo español de bárbaro y salvaje (lo que no confirma nuestra historia) y equivale a absolver y a descargar de toda culpa a quienes incitaron y ordenaron matar.

¿Cuál fue la suerte que corrieron generales, jefes y oficiales que cumplían órdenes del gobierno de la República? ¿Qué recomienda en sus instrucciones el "Director", Emilio Mola?. A mí me decían que no volviera, pues podía correr la misma suerte que el hermano menor del médico y el farmaceutico de Vega, d. Alfredo, un joven de mi edad que fue asesinado porque no encontraron a sus hermanos mayores.

Lo más sorprendente es cómo la ingenua conciencia de un muchacho campesino pudo enfrentarse con la exploración de las pútridas ciénagas de una sociedad atrasada y embrutecida por siglos de miseria y a cuyos miembros les eran ofrecidos premios y honores por acciones claramente criminales.

¿De dónde salió esa gente que se entregó al asesinato y al pillaje?, ¿en qué escuelas fueron adiestrados para la denuncia, el robo y el asesinato?.

A mí, pobre campesino, aprendiz de minero con un ligero barniz de ideales, más que anarquistas, libertarios, me horrorizaban los crímenes y tropelías que se cometieron en nuestras aldeas, pueblos, villas y ciudades de la España profunda...

(Sigue >)

 

CONSEJO DE GUERRA

Aunque pasé por momentos muy graves en el aeródromo de León, tanto los años que permanecí en él, como los que pasé en León, (1940 a 1950), fueron decisivos para mi formación intelectual, con la reserva de que mis principios morales no sufrieron cambio alguno.

Mi permanencia en la base aérea, fue muy estimulante; mi trabajo en el Observatorio Meteorológico me animó a estudiar matemáticas, álgebra y trigonometría. Sólo, sin ayuda de nadie, estudié y comprendí las matemáticas. También estudié física y ciencias naturales y proseguí mi aprendizaje de la lengua francesa.

Pero mi principal progreso vino por otro lado, de manera realmente inesperada. En los días de la rendición de Francia al ejército nazi, alrededor del día 20 de julio de 1940, en un encuentro con una unidad del ejército franquista, resultó muerto mi hermano César; como llevaba un mapa de la región noroeste de la península que contenía adiciones mías, pidieron mi detención desde el Cuartel de las fuerzas de represión de la guerrilla, que tenía su sede en Ponferrada. Fuí detenido por la policía militar de la base aérea y llevado a Ponferrada. Allí me interrogaron durante una tarde y parte de la noche, y de madrugada, fuí llevado de regreso a León.

El célebre guerrillero antifranquista César Terrón Abad, hermano de Eloy Terrón Abad, muerto por moros de Regulares el 21 de julio de 1940 en los montes de Villar de Otero, cerca de Fabero. Ambos hermanos eran primos de los hermanos falangistas de la zona de Fabero-León, César y Ernesto Terrón Librán.

Cuando salíamos de Ponferrada, el oficial que me acompañaba se limitó a decirme: "De buena te has librado. Querían que te quedaras ahí."

Estuve detenido y permanecí aislado en un calabozo casi un año. Me formaron consejo de guerra, pero me trataron con cierta benevolencia, en particular el Coronel Jefe de la base aérea de León. Después de varias consideraciones, me condenaron a seis meses y un día por el delito de adhesión a la rebelión. Me defendió el Capitán Cadórnigo, que casi se limitó a leer una carta de varios folios que yo le dirigí.

Durante los casi once meses que permanecí aislado en un calabozo, fuí autorizado a pedir y leer libros de la biblioteca del Pabellón de Oficiales. Hubo días que leí dos o tres libros; de historia, (César Cantú y otros), de ciencias, de viajes, literatura (P. Baroja, G. Miró, Concha Espina, Blasco Ibañez), de autores franceses, ingleses, hispanoamericanos, alemanes, etc.

Leía y anotaba todo lo que me parecía interesante. Me entusiasmaron los clásicos griegos y latinos. Mi cabeza era una caldera en plena ebullición. Tanto el capitán del cuartel, como el oficial de guardia se preocupaban de que me proporcionasen los libros a tiempo. Más de un oficial, después de haber devuelto yo el libro, venía a mi calabozo a comentarlo conmigo.

También mis hermanas, que venían a visitarme los fines de semana, traían todos los libros que podían conseguir, sobre todo algunos de la librería de viejo de Ovidio.

 

MARINERO DE ... LIBROS

Es verdad que fueron unas lecturas atropelladas, pero cuando al cabo de algo más de diez meses, quedé en libertad, me había decidido a estudiar. Quería hacer los tres primeros años de bachillerato para poder ingresar en la Escuela de Pilotos de la Marina Mercante de Bilbao. Este proyectó me rondó un año o dos por la cabeza. Mientras estuve en la base aérea, hice el primer curso, y después de una licencia indefinida en 1.942, hice el segundo y el tercero. Pero, por entonces, ya se habían enfriado mis proyectos de recorrer los mares; pues me di cuenta que estudiar era un trabajo serio y decidí estudiar una carrera seria.

Me hubiera gustado una carrera científica como física, ciencias naturales o, después de leer la novela de Sinclair Lewis "El Doctor Arrowsmith ", medicina.

Hubo un momento en que me sentía capaz de estudiar cualquier carrera. Pero, después de considerar seriamente mis medios económicos, me decidí por Filosofía, que me parecía la carrera más "científica" que podía hacer sin tener que ir a la Universidad.

Si no me equivoco, en 1.942-43, hice 2† y 3†; en 1.943-44, 4†; y en 1.944-45, hice 5†, 6†, 7† y Reválida. Las cosas no me fueron favorables y no pude matricularme en ningún curso en 1.945-46, y tuve que esperar a 1.946-47 para pasar los dos primeros cursos de filosofía, y en 1.947-48 me examiné en Murcia por recomendación de un catedrático amigo, de los cursos 3†, 4† y 5†. En 1.948 estaba prácticamente con el título de licenciado en el bolsillo, pero no tenía la menor idea de lo que quería hacer con él.

Me encontré con la dualidad fundamental de la asimilación del conocimiento; pues se pueden poseer unos conocimientos de dos maneras distintas: yo poseía, dominaba, puesto que podía hablar o escribir de los conocimientos de los que me examinaba, pero no había sido capaz todavía de convertir esos conocimientos en mi conciencia, en mi yo, de tal manera que potenciaran mi pensamiento cuando pensara en lo que debía de hacer. Porque una cosa es tener unos pensamientos y otra transformar ese conocimiento en la propia conciencia, mediante la cual cada uno piensa lo que le rodea o preocupa. Claro que no todo conocimiento es susceptible de convertirse en "instrumento" del pensar por ejemplo, en los conocimientos necesarios para construir un puente o para herrar un caballo.

Aquí se plantea una cuestión capital en relación con el desarrollo de la propia personalidad: aprender a usar los conocimientos propios en la interacción comunicativa con otras personas, no sólo en la discusión, sino en el intercambio pausado y formativo de opiniones entre personas de distinto nivel de formación pero bien intencionadas y tolerantes, que buscan esclarecer cuestiones, en debatir para imponer los criterios u opiniones propias. Claro que para conseguir este "clima", es necesaria una gran dosis de humildad y unos principios morales muy firmes.

 

EL TESORO DEL GRUPO

Estoy intentando teorizar lo que yo creo que era el círculo de personas que se reunían casi todas las tardes en torno a d. Antonio G. de Lama, cuando yo conocí el grupo y tuve la suerte de formar parte de él, en la biblioteca Azcárate de León, al iniciar mis estudios de bachillerato. D. Antonio era, no solamente generoso, sino que derrochaba sus conocimientos y sus experiencias más valiosas, hasta el punto de producirse una puja de generosidad intelectual.

La principal virtud del grupo consistía en que cada uno de los componentes se sentía estimulado a enriquecer el tesoro del grupo con algún conocimiento valioso; a la vez que cada miembro parecía buscar la admiración de las personas más conspicuas del grupo, d. Antonio, Eugenio y Crémer.

Por lo que a mí se refiere, confieso que me esforzaba en buscar alguna idea, tema, pensamiento o teoría que me proporcionara la admiración al menos de estos tres miembros mencionados. En busca de este aplauso revisaba a fondo todos mis conocimientos y los actualizaba para tenerlos más presentes. Claro que era más difícil y menos atractiva que la de muchos de los otros, que cumplían sus ambiciones escribiendo un soneto o un pareado ingenioso.

Para mí el grupo no sólo era estimulante, sino que era donde yo ensayaba mis concepciones o visiones de conjunto, y, sobre todo, era donde comprobaba la claridad y la coherencia de las teorías que lograba elaborar; el existencialismo de Heidegger, de Sartre, la filosofía de Husserl, de Max Scheler, el Neopositivismo del Círculo de Viena, las grandes teorías de la física moderna.

Cuando los norteamericanos hicieron explotar la primera bomba atómica sobre Hiroshima, yo supe explicar la base física con la famosa ecuación de A. Einstein. Sin embargo, envidiaba a los poetas miembros del grupo que escribían versos en "Espadaña", la sorprendente revista creada y sostenida por d. Antonio, Crémer y Eugenio. Yo no publiqué ni una sola línea en ella.

Tuve mucha suerte en encontrar el círculo de d. Antonio y, no sólo en ser admitido en él, sino en la buena opinión que éste tenía de mí. Eugenio me ayudó mucho a corregir rasgos de mi educación. Sin ellos yo no sería el mismo, ni intelectual ni moralmente; aunque reconozco que no han cambiado mis principios morales, pues seguía considerando a los trabajadores como mi norte y guía. Se depuraron mis modales y aprendí a controlarme mejor.

Por otra parte, mucho más tarde me dí cuenta que los hijos de los trabajadores, aunque tuvieran buenas condiciones para el estudio, solían fracasar por la falta de hábitos de "clase media", tales como convertir el estudio en trabajo, acomodar a este último las condiciones de la vida familiar, respetar las horas de estudio habilitando para ello una habitación lo más cómoda y aislada, que todos los miembros de la familia consideraran al estudio como un trabajo duro y fácil de alterar, etc.

Sin embargo, el estímulo más eficaz falta necesariamente en las familias, no sólo obreras, sino trabajadoras (pienso en la clase media baja) y consiste en la imposibilidad en que se encuentra el estudiante del tema de estudio para esclarecer y reafirmar las ideas que está adquiriendo: esta fue la inapreciable ayuda que me proporcionó el círculo de d. Antonio.

 

FABERO – MADRID

El año 1.948 fue el año en el que terminé mi carrera, pero también fue el año en que conocí a Cirilo Benítez, el ingeniero que sabía economía, historia, y que tenía una actitud generosa, optimista, ante la vida. Para mí ha sido un hito en mi evolución; me ayudó mucho a encontrar la vía de progreso de mi personalidad intelectual.

Ahora bien, este proceso fue acompañado de indecisión; en 1.949, cuando se retiraron las últimas guerrillas y se trasladaron las tropas invasoras procedentes del Llano Amarillo de Ketama, los Regulares, volví por primera vez a Fabero, después de 13 años de ausencia. Tenía alguna prevención, pero, para sorpresa mía, fuí bien acogido.

Los años de indecisión fueron el 49, el 50 y el 51; por una parte quería profundizar en algunas ideas. Estaba leyendo la "Fenomenología del Espíritu" de Hegel en alemán y en inglés; leía también los "Manuscritos económico-filosóficos" de Marx y estaba obsesionado con la naturaleza del trabajo, por eso ayudé a mi familia.

El fruto de estos esfuerzos cuajó en las lecturas de Hegel, la "Lógica" y algunas obras de los economistas Adam Smith, David Ricardo y de Carlos Marx. En 1.950, mientras se combatía en Corea, pasé el examen de licenciatura en la Universidad de Madrid.

En 1.952 me trasladé definitivamente a Madrid y comencé a trabajar como profesor "de todo" en un Colegio en el que estuve seis o siete años, aprendiendo de los niños y adolescentes. En 1.954-55 comencé a explicar historia antigua en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue enriquecedor, aprendí muchísimo. Era maravillosa la potencia exploradora de mi pensamiento y mi capacidad para conectar con los autores de más fama como G. Glotz, Eduardo Mayer, G. Thomson, André Bonard, V. G. Childe, Leslie A. White, y tantos otros. Inicié por entonces la preparación de mi tesis doctoral "La importación de la filosofía krausista a España", aunque continué estudiando a Hegel.

En estos años proyecté el estudio sobre Fabero, que ya no dejaría de la mano hasta hoy..."

Autobiografía de Eloy Terrón Abad.
Catadau (Valencia), 10 de Julio del 1996.

 

EL ADIOS DE UN LUCHADOR ....

El pasado 25 de Mayo de 2002 falleció en Madrid Eloy Terrón Abad, minero, filosofo y antropólogo, licenciado en Filosofía y Letras (Rama de Filosofía), con una larguísima carrera repleta de éxitos.

Después se dedicó a la enseñanza, primero en Bachillerato y más tarde en la Universidad, hasta su jubilación en 1984, aunque continuó dando cursos y seminarios hasta el final.

Durante la transición democrática fue elegido democráticamente Decano del Colegio de Doctores y Licenciados y Presidente del Consejo General de Colegios, (por su labor en estos cargos le fue concedida la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio) .

También Presidió el Club de Amigos de la UNESCO (CAUM); asimismo asumió la Dirección de la Asociación "Guillermo Humboldt" para el conocimiento entre los pueblos de España y la República Democrática Alemana y fue Presidente de la Fundación Primero de Mayo de Comisiones Obreras (CCOO).

Eloy Terrón Abad era autor de varios libros:

- Escritos de Julián Sanz del Río. (Ediciones de Cultura Popular. Barcelona-1968);

-Sociedad e ideología en los orígenes de la España contemporánea. (Península. B-1969);

-Posibilidad de la estética como ciencia. (Ayuso. Madrid-1970);

-Ciencia, técnica y humanismo. (Gráficas Espejo. M-1973);

-Educación religiosa y alineación. Pseudónimo:"Toribio Pérez de Arganza" (Akal. M-1983);

-España encrucijada de culturas alimentarías. (Ministerio Agricultura. M-1992);

-Los trabajos y los hombres. (Endymión. M-1.996)

-Cosmovisión y conciencia como creatividad (Endymión.M-1997);

-La cultura y los hombres (Endymión.M-2002) .

Eloy Terrón Abad fue incinerado por su expreso deseo, y sus cenizas se trasladaron a su pueblo natal, donde fueron esparcidas, en un emotivo acto, precisamente en una pradera en que el jugaba de niño......

 

Eloy Terrón Abad, maestro socrático e intelectual del pueblo
RAFAEL JEREZ - Diario El País, 28 de mayo de 2002

El filósofo y antropólogo Eloy Terrón falleció el pasado sábado en Madrid a consecuencia de una larga enfermedad.

Había nacido en Fabero (León) en 1919. Se formó en el campo. A los 13 años se hizo minero y descubrió el ideario anarquista y socialista. De entonces databa su identificación con la clase obrera. Durante la guerra civil fue enlace del Ejército republicano hasta 1938; tras la guerra, fue condenado a prisión en consejo de guerra.
Inició sus estudios de forma autodidacta; optó por el trabajo intelectual como vía idónea para su compromiso político. Fueron sus maestros Antonio González de Lama, su círculo leonés y Santiago Montero Díaz, que dirigió su tesis doctoral sobre el krausismo español; ambos le reorientaron desde la física a la filosofía, primero, y desde la filosofía a la historia y a las ciencias sociales, después, con dos objetivos: el estudio de la dialéctica entre el hombre y la sociedad y la crítica del presente, a la luz de su historia y con centro en España.

La tesis de Eloy Terrón, "Sociedad e ideología en los orígenes de la España contemporánea de 1958", supuso un hito científico para los especialistas en el krausismo y en la historia del pensamiento español. Pero su figura no fue la del académico preocupado por 'hacer carrera' y publicar a toda costa, sino la de un pensador independiente, comprometido con la superación histórica del capitalismo y con una lucidez teórica, una generosidad intelectual y un tacto excepcionales.

Fue adjunto de José Luis López Aranguren en la Facultad de Filosofía hasta 1965, fecha en la que renunció a su plaza -y a una cátedra que le fue ofrecida por el decano, Camón Aznar- como protesta ante la represión franquista que separó de sus cátedras a Tierno Galván, García Calvo y Aranguren por su apoyo a los estudiantes.

Fue el más estrecho colaborador del científico Faustino Cordón, desde mediados de los años cincuenta. Al volver a la Complutense en 1979, se integró en el departamento de Teoría de la Comunicación de Manuel Martín Serrano.

En virtud de su compromiso con el marxismo, fue también, y ante todo, un maestro socrático y un intelectual de la clase trabajadora y del pueblo. Esa actitud y ese compromiso explican también su trabajo político como decano del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid y como presidente del Consejo General de Doctores y Licenciados de España, del Club de Amigos de la Unesco y de la Fundación Primero de Mayo de Comisiones Obreras, entre otras responsabilidades.

Practicaba la acción dialógica de un modo ejemplar. Y, en lugar de usar el saber como arma de poder y de distinción social, ofrecía siempre el comentario o el libro oportuno, para potenciar la extensión social del ejercicio de la crítica y de cultura intelectual elaborada

 

 

 


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